
Parece un poco tópico, a veces, decir que una película es “realista”. ¿Qué
es, en verdad, una película realista? ¿Aquélla que está bien ambientada? ¿La
que sigue fielmente unos hechos históricos o actuales determinados? O ¿La que
mejor sabe capturar la complejidad e irracionalidad del alma humana? En este
caso, voy a quedarme con la última, porque el Amor de Michael Haneke es un fiel, honesto, tierno y triste retrato
de la última etapa de la vida. Tan real, que parece una ventana a un futuro que,
antes o después, acabará por llegar. Ahí está, como si lo estuviéramos leyendo
en las encíclicas cantadas de Melquíades.
El último film del director de Caché
y La cinta blanca es una conmovedora
y a la vez escalofriante historia de amor que llega a su fin por causas
naturales: la vejez. Después de sufrir un ataque, Anne, una profesora de música
clásica jubilada, vuelve del hospital con medio cuerpo paralizado. A partir de
entonces, el amor que siempre la ha unido con su marido George será puesto a
prueba y se irá degradando poco a poco, a medida que lo haga el cuerpo y la
mente de la protagonista.