En verano del 2003, después de una comedia, un thriller y una cinta de terror, el director Gore Verbinski se metió de lleno en el género de aventuras… y más concretamente, en una temática que hacía casi una década que había quedado enterrada entre los escombros de un fiasco de taquilla: las historias de piratas. A pesar de las malas críticas, Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra fue un éxito comercial. Y no sólo eso, la película supuso el regreso por la puerta grande de las aventuras cinematográficas en el mar. A su manera, Verbinski había contribuido a rendir homenaje a películas como El temible burlón o El capitán Blood, y lo hizo con un filme redondo y cerrado, una cinta que contenía todos los elementos necesarios para hacer de una película un entretenimiento de primera: humor, aventuras, misterio, maldiciones, amor, tesoros, personajes carismáticos y ron. Todo esto envuelto por un más que correcto guión, una muy buena dirección y una excelentísima música, obra de Klaus Badelt.
Sea como sea, sería un error desprestigiar a El llanero solitario sólo por sus malas críticas y resultados en las salas estadounidenses. ¿Por qué? Porque la cinta de Verbinski, que recupera otro de los géneros del cine clásico —el western—, es un notable producto de entretenimiento y aventuras, con una estupenda dirección, una banda sonora sobresaliente y un último cuarto de película espectacular.






