1987 fue un buen año para la gran pantalla. Los nueve Oscar de El último emperador de Bernardo
Bertolucci son prueba de ello. Vimos también los horrores de la guerra a través
de los ojos de Stanley Kubrick en La
chaqueta metálica, con los buenos días de Robin Williams en Good Morning Vietnam y con la inocencia
de un pequeño Christian Bale en El
imperio del sol de Steven Spielberg. Al mismo tiempo, Woody Allen recordaba
su juventud en Días de radio y Oliver
Stone construía un thriller alrededor
del poder del capital y las finanzas en Wall
Street. Mientras, Brian De Palma volvía al Chicago de Al Capone con Los intocables de Eliot Ness. Ese mismo
año, no obstante, la historia de una mujer francesa que conseguía unir a una
congregación danesa gracias a una deliciosa cena enternecía a público y crítica.
