Es inconcebible pensar en Ken Loach sin asociarle un trasfondo de crítica y
denuncia social. Ese es su cine, así de simple, su marca, y es precisamente lo
que más gusta sobre él. Más extraño podría parecer, por otro lado, el uso del
humor en algunas de sus películas, como hace en su nuevo film La parte de los ángeles. Es verdad que el dramatismo y la tragedia de
historias como El viento que agita la
cebada (2006) podrían dar esa idea como válida, pero si hacemos memoria, Loach
ya ha utilizado el género de la comedia en más de una ocasión. Al fin y al
cabo, el género siempre es una mera herramienta para expresar y hacer llegar al
público un mensaje, sensación o idea.
En este caso, Loach ha escogido el humor y el cinismo para hacer un
simpático relato acerca de las segundas oportunidades, el empezar una vida
nueva lejos de los prejuicios de la sociedad y los determinismos que ahogan a
las clases más pobres. La película narra la historia de Robbie (Paul
Brannigan), un joven de Glasgow que, después de ahorrarse una temporada en
prisión, decide pasar página y comenzar de cero con su novia y su hijo recién
nacido. La sociedad y el entorno, sin embargo, no se lo ponen nunca fácil a un
chico con antecedentes penales; ésa es la crítica de Loach, el drama de todas
sus películas. La marginación social es una constante en el cine del director
inglés, un personaje más. Aquí, sin embargo, Loach añade hábilmente un nuevo protagonista:
la esperanza, que viene con un whisky en la mano y al ritmo del “I’m Gonna Be (500
miles)” de The Proclaimers.