Las
películas americanas de Navidad suelen tener su eje central en comidas
felices, donde impera la paz y se solucionan todos los problemas. Hasta
aquellas con desavenencias entre los familiares y amigos (si es Acción
de Gracias) todo acaba llegando a buen puerto y la alegría es la única
expresión en los rostros de los protagonistas. En La hija de mi mejor amigo,
en cambio, la batalla la ganan los secretos a relucir, la amargura y
las verdades dolorosas; pero no es un drama familar que lo que prima es
la comedia, pese a que no funcione durante todo el metraje.
