“El film musical es aquél en que las escenas de canto o baile, o ambas
cosas a la vez, son fundamentales, y en el que el ritmo musical es esencial
para la acción, impregnando no sólo la propia banda sonora sino el transcurrir
y sucederse de las imágenes”, César Santos Fontenla.
El musical, género querido y odiado por tantos, tan antiguo como el cine
sonoro. La introducción de la palabra hablada en el celuloide, que tantas
reticencias por parte de estudios, intérpretes y público generó en su momento,
vino con la música cogida de la mano. No en vano, el primer film sonoro, El cantor de Jazz (The Jazz Singer, Alan Crosland, 1927), era en parte musical, un
melodrama con canciones de Al Jolson. Música y cine ya habían sido compañeras
de viaje durante los años de cine mudo, con orquestras que acompañaban, en cada
sala, las imágenes rodadas por Sergei M. Ensestein, King Vidor o Charles
Chaplin. El cantor de Jazz, sin
embargo, fue el punto de partida de un nuevo modo de hacer cine, el musical, un
género de géneros con feudo americano que empezó con la estática de los escenarios
y la influencia de la opereta —Ernst Lubitsch y su El desfile del amor, de 1929, serían un ejemplo—, y ha acabado por
convertirse en un auténtico ejercicio cinematográfico.
Al contrario de lo que piensan sus no pocos detractores, las canciones y el
baile son la única y justificada lengua de los protagonistas del género, y los
números musicales pasan a ser parte indivisible de la narración de cada
historia. Eso sí, para llegar a este punto hay que tener en cuenta la evolución
del género a lo largo de las décadas y los cambios revolucionarios instaurados
por coreógrafos, bailarines y directores, que han llevado al musical hasta el
día de hoy, pasando por etapas de luz y sombra.

